La riboflavina (o vitamina B2) se describió en la literatura por primera vez en 1879, al encontrarse en la leche como un pigmento amarillo. Se caracteriza por ser hidrosoluble y termoestable (cocinarla no disminuye sus niveles), pero puede destruirse con la exposición a la luz.
Las fuentes alimentarias incluyen leche, visceras, huevo, pescado, frutos secos, algunas frutas y legumbres, arroz, hongos, verduras de hoja verde oscuro y queso. La deficiencia provoca ariboflavinosis; no se ha observado toxicidad.
La riboflavina participa en el metabolismo energético. Se fosforila a flavina mononucleótido (FMN) y luego se metaboliza a flavina adenina dinucleótido (FAD). La suplemetación es usada en el tratamiento de enfermedades inflamatorias, quielitis, glositis, sepsis y migrañas.

A esta vitamina se le han atribuido efectos antioxidantes y antiinflamatorios. Participa en el sistema inmunitario al estimular la multiplicación de neutrofilos y linfocitos. También se le han atribuido efectos toxicológicos y fotosensibilizantes, útiles en el tratamiento del cáncer con quimiorradioterapia.
La deficiencia se ha relacionado con el riesgo de cáncer en general, pero no se ha demostrado satisfactoriamente en humanos. La suplementación se ha relacionado con la prevención de la migraña, al disminuir el metabolismo del oxígeno cuando se mejoran las funciones mitocondriales del cerebro.
El consumo adecuado de riboflavina se relaciona con menor riesgo de cataratas, disminución de los síntomas premenstruales, disminución en el riesgo de fracturas y mejora de la anemia (por aumento de la concentración de la hemoglobina).
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