Después del hierro, el zinc es el metal más abundante en la dieta de los organismos. Su deficiencia se ha relacionado con retraso del crecimiento, trastornos neurológicos y disfunción inmune. El zinc viaja y se distribuye con ayuda de la metalotioneína, una proteína fijadora de zinc.
El consumo diario recomendado para hombres adultos es de 11 mg/día y para mujeres es de 8 mg/día. Podemos encontrar este mineral en carnes, huevos y mariscos, con una alta biodisponibilidad, y en granos enteros y legumbres, con una biodisponibilidad más baja debido al alto contenido de fitatos que inhiben su absorción.

De entre todas las funciones del zinc, destaca su papel en el sistema inmune. Cuando existe deficiencia, por ejemplo por bajo consumo dietético, absorción inadecuada y enfermedades como alcoholismo, existe una mayor susceptibilidad del huésped a infecciones virales y bacterianas.
La deficiencia de zinc conduce a una reducción en la producción de especies reactivas de oxígeno (ROS), disminuyendo la capacidad del sistema inmune para neutralizar patógenos. Se ha sugerido que el zinc participa en la regulación de diversas funciones adaptativas, como la producción de citocinas.
El zinc biodisponible participa en las vías de señalización, principalmente inhibiendo las fosfatasas para lograr dirigir respuestas inmunitarias sólidas y apropiadas. La evidencia sugiere que la suplementación puede disminuir el periodo de los síntomas del resfriado común, pero aún son necesarias más investigaciones en este campo.

Referencias:
