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Papel de la dieta y el ejercicio sobre la microbiota y el ritmo circadiano

Cuando se habla de ritmo circadiano se hace referencia a los cambios que ocurren a lo largo del día en una persona. Estos pueden ser físicos, mentales o conductuales y se ven influenciados por factores como la luz y la oscuridad. En nuestros órganos y tejidos existen muchos relojes biológicos formados por moléculas como proteínas, que se encargan de regular este ritmo circadiano.

Aunque comúnmente se relaciona el ritmo circadiano con los patrones del sueño, no es la única función que tiene, también puede influir en la liberación de hormonas, en los hábitos alimentarios, en la digestión y en la temperatura corporal. Por ejemplo, en el ciclo circadiano de un adolescente, entre las 14 y las 17 horas, ocurre un bajón de energía que favorece el adormecimiento y el antojo de un refrigerio.

Diversos estudios han mostrado que la dieta y el ejercicio pueden influir sobre la microbiota intestinal, sobre el sistema inmunológico y sobre el metabolismo. A su vez, los cambios en el ritmo circadiano pueden alterar el sistema inmunitario. La pérdida de peso y el ayuno han mostrado efectos para reducir la presión arterial y los niveles de lípidos en sangre, también para mejorar la salud intestinal y el ritmo circadiano. 

La evidencia muestra que el ejercicio puede influir sobre el reloj biológico. Un estudio en ratones mostró cambios en el ritmo circadiano cuando estos se sometían a ejercicio de rueda sin condiciones de luz. Cuando se practica ejercicio de forma cotidiana, se afecta el ritmo circadiano del músculo esquelético y de los pulmones; además, la hora del día también afecta la capacidad para realizar ejercicio. En general, por la tarde es mayor la función neuromuscular, el consumo máximo de oxígeno y la fuerza de prensión. 

Un estudio mostró que a causa de un gen mutante del reloj biológico se provoca permeabilidad intestinal, causando un desequilibrio en la microbiota, y esto a su vez causa alteración en el metabolismo de los lípidos, lo que conduce al aumento en la incidencia de hígado graso. Cuando se altera el ritmo de la alimentación, se puede alterar la microbiota disminuyendo la cantidad de Bacteroides y aumentando la cantidad de Firmicutes, favoreciendo el desarrollo de obesidad. 

La práctica de ejercicio y las intervenciones dietarias como la restricción de energía pueden regular el ritmo circadiano y la microbiota intestinal. Cuando se tiene una alimentación saludable y variada, aunado a la práctica regular de ejercicio físico, es posible lograr un equilibrio en el ritmo circadiano que ayuda a disminuir la incidencia de obesidad y de otras enfermedades metabólicas. A pesar de la evidencia, se necesitan más estudios para poder hacer recomendaciones exactas en la población. 

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