Los microorganismos, al habitar en la piel, intestinos y tracto respiratorio, establecen una relación con el huésped que puede ser simbiótica (mantienen la salud mediante reciprocidad metabólica) o patógena (amenaza para la salud). A partir del 2006 se empezó a enfatizar el impacto de la dieta en la microbiota intestinal.
En el siglo XIX surgieron las primeras investigaciones sobre microorganismos intratumorales. Recientemente se habla de tres posibles vías de acceso microbiano a los tejidos tumorales: alteración de la integridad de la barrera epitelial, migración desde nichos microambientales y diseminación sistémica.
Los microorganismos intestinales contribuyen al desarrollo tumoral al favorecer la progresión neoplásica mediante la inducción de respuestas inflamatorias crónicas, la alteración de la integridad de la barrera epitelial y la remodelación de del microambiente inmunitario tumoral.
Lactobacillus y Bifidobacterium se han reconocido por su capacidad para unirse y degradar compuestos cancerígenos. La disbiosis intestinal (como la disminución de Bifidobacteria) exacerba la colitis inducida por la terapia anti-CTLA-4 (como los fármacos ipilimumab y tremelumumab).
Los probióticos intestinales como Bifidobacterium, Lactobacillus y Bacillus se han relacionado con la inhibición de neoplasias como el cáncer de esófago, gástrico, de colón y de hígado, debido a la regulación del pH del microambiente tumoral, la modulación del metabolismo de los ácidos biliares y la degradación de posibles carcinógenos y sus metabolitos.
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