Según predicciones del Atlas mundial de obesidad, en el año 2030, aproximadamente 1025 millones de personas vivirán con obesidad. Al mismo tiempo que aumenta la prevalencia de obesidad, son más los adultos que experimentan un sueño inadecuado. Algunos estudios epidemiológicos y experimentales han observado una relación entre la obesidad y los problemas de sueño.
En un estudio realizado por Ding y colaboradores en 2018 se observó que después de un sueño insuficiente (menos de 7 horas) existía una desregulación de las hormonas leptina y grelina, lo que favorece el aumento de la ingesta energética y por ende el aumento de peso. Los problemas de sueño también se han asociado con el sedentarismo.

Además la falta de sueño parece alterar el sentido del gusto, lo que modifica la elección de alimentos y aumenta la motivación por recompensas alimenticias. Szczygiel, Cho y Tucker observaron que una noche con sueño restringido aumentó el antojo por alimentos y bebidas dulces, además de alimentos densos en energía.
Las primeras investigaciones sobre la relación entre el sueño y el gusto surgieron en la década de 1950, y recientemente se han vuelto a explorar. Una revisión sistemática realizada por Tucker y colaboradores y publicada en 2024 sugiere que el sueño breve puede aumentar la percepción hedónica del sabor dulce.
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