
Los sentidos del gusto y el olfato son esenciales para la supervivencia, nos ayudan a identificar alimentos ricos en nutrientes y a evitar sustancias peligrosas. El olfato tiene un alto poder de alcance, mientras que el gusto puede detectar a corto alcance. Estos sistemas pueden influir en las preferencias alimentarias, en la dieta, en la nutrición y en la salud.
Hay algunos factores fisiológicos, como la edad y el sexo, que pueden modificar la percepción quimiosensorial, afectando la función de los sentidos. La evidencia más reciente sugiere que las alteraciones en el gusto y el olfato se relacionan con la aparición de enfermedades como obesidad, y también con fragilidad y mortalidad temprana.
Un estudio realizado por Rawal y colaboradores en personas de 40 años o más con disfunción olfativa, mostró que ellos consumían normalmente alimentos con mayor densidad energética, entre los que se incluyen azúcares y grasas saturadas, además de que tenían un bajo consumo de vegetales.
Bhutani y McClain encontraron que la disfunción olfativa puede disminuir la percepción del sabor y reducir el disfrute al comer y al beber. Lo anterior favorece la adopción de una dieta poco saludable y rica en calorías para compensar la falta de agrado por los alimentos.
Es bien sabido que el consumo excesivo de alimentos ricos en azúcares y en calorías contribuye a la epidemia de obesidad. Además, hay evidencia de que la obesidad favorece la disminución de la sensibilidad a los sabores dulces, provocando un aumento en el deseo por ese tipo de alimentos.
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