Los primeros 1000 días de vida (desde la concepción hasta los 2 años de edad) constituyen un periodo con importantes efectos en la salud futura. Es especialmente sensible a los aportes nutricionales, señales endocrinas y condiciones ambientales.
En Estados Unidos, las mujeres embarazadas consumen en promedio 80 gramos de azúcares añadidos al día, lo que representa tres veces la cantidad recomendada. La leche materna no contiene azucares añadidos ni una cantidad significativa de glucosa.
A medida que se comienza con la alimentación complementaria, surge la preocupación de la exposición a los azúcares añadidos presentes en los alimentos ultraprocesados, o los presentes en algunas fórmulas infantiles (con niveles superiores a los reportados).
En modelos animales, la sobreexposición temprana al azúcar se asoció con disfunción endotelial, remodelación vascular y alteraciones cardiacas persistentes. En ratones preñados, se observó que una dieta alta en sacarosa causó arritmias cardiacas en crías macho.
En humanos, Gertler y Gracner observaron que la restricción temprana de azúcar se relacionó con menor prevalencia de colesterol elevado, enfermedades cardiovasculares e inflamación crónica.
Otro estudio mostró que los hijos de madres con valores mas altos en la prueba de tolerancia a la glucosa oral tenían un 58% más probabilidades de tener presión arterial alta, al comparar con aquellos de madres con valores más bajos.
Un estudio realizado con datos del Biobanco de Reino unido mostró que la exposición temprana al racionamiento de azúcar se asoció con menor riesgo de múltiples eventos cardiovasculares, como infarto del miocardio, insuficiencia cardiaca, fibrilación auricular y accidente cerebrovascular.
