El cáncer de mama es una enfermedad multifactorial, siendo el más comunmente diagnósticado en las mujeres. De los factores de riesgo identificables existen los no modificables, que incluyen edad avanzada, genética, ausencia de hijos, uso de anticonceptivos y falta de lactancia materna. Algunos factores de riesgo modificables son la alimentación y la presencia de obesidad.
En el contexto del cáncer de mama, se cree que el microbioma intestinal participa en la oncogénesis a través de mecanismos de inflamación, afecta la respuesta al tratamiento al modular el sistema inmunitario y los perfiles de toxicidad de los quimioterapéuticos e interfiere en los niveles sistémicos de hormonas endógenas.
La disbiosis (desequilibrio en el microbioma intestinal) puede favorecerse por una dieta inadecuada, estrés y uso de antibióticos. La obesidad también se ha asociado con alteraciones en el microbioma, al disminuir la diversidad microbiana y alterar la expresión de genes bacterianos (como los relacionados con la producción de ácidos grasos de cadena corta).
Aunque existen pocos estudios sobre patrones dietéticos y cáncer de mama, se ha sugerido que la dieta mediterránea puede reducir el riesgo, por su utilidad para el manejo de la obesidad y para el mantenimiento de un microbioma equilibrado. La dieta mediterránea se caracteriza por alto consumo de frutas, verduras, cereales integrales, aceite de oliva y pescado, y bajo consumo de lácteos y carnes rojas.
Algunos elementos de la alimentación, como la fibra dietética, los prebióticos, vitaminas, carotenoides y fitoestrógenos pueden promover el desarrollo de bacterias beneficiosas y mantenerlas, protegiendo contra el desarrollo de cáncer. Esto se ha obervado en experimentos con animales y en estudios epidemiológicos.
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