Durante la lactancia materna las necesidades de agua aumentan; aproximadamente un 87% de la leche materna es agua, observándose la mayor concentración al inicio de la lactancia. Este hecho aumenta el riesgo de deshidratación en las madres que brindan lactancia materna, pudiendo causar una disminución de la producción de leche, fatiga, calambres musculares, dolor de cabeza y náuseas.
Debido a que se cree que las mujeres producen aproximadamente 700 ml de leche por día, la recomendación de la Autoridad Europea de Seguridad Alimentaria es consumir una cantidad adicional de 700 ml de líquidos al día, como una forma de compensar lo perdido. En general se recomienda un consumo de 2.7 litros de líquidos al día.
Las investigaciones han mostrado que una gran cantidad de mujeres no alcanzan esas recomendaciones, aunque algunos estudios excluyen la medición del contenido de agua de los alimentos, basándose solo en el consumo de agua potable y bebidas como jugos, refrescos, café, té y leche.

Un estudio realizado por Malisova y colaboradores, y publicado el 1 de julio de 2024, mostró que la hidratación es esencial durante el periodo de lactancia materna. Las madres que brindaban lactancia materna exclusiva presentaban un balance hídrico más bajo en comparación con las madres que no amamantaban o que utilizaban métodos mixtos de alimentación para el bebé.
Igualmente tenían niveles más altos de pérdida de sudor, lo que se asoció con mayores demandas fisiológicas y cambios metabólicos por la lactancia. Es importante considerar que existen otros factores determinantes para la pérdida de sudor, como la actividad física, el consumo de alimentos o las condiciones ambientales.
Es importante lograr las metas de hidratación, pero procurando que sea a través de agua potable, evitando en la medida de lo posible reemplazar el agua por bebidas azucaradas, ya que esto favorece un mayor consumo calórico.
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